En ocasiones pasé por alto sutilezas, y, por ejemplo, corregí el apellido de un escritor, que estaba mal escrito, por el que en efecto tenía. La cuestión fue que el autor del ensayo deseaba efectivamente llamar Hemingay a su trabajo y no Hemingway, para dar a entender una serie de indecisiones sobre su identidad sexual que, decía, torturaron durante toda su vida al viejo Ernest
Cuando dejé mis años de correctora y seguí escribiendo mis cuentitos, poemas y novelitas, comprendí la seriedad de la ofensa que les había causado. A veces un punto que parece estar demás o un signo de exclamación que no conviene en apariencia no son erratas: son fundamentales para quien los eligió.
Si alguna vez publico algo más que mis dos libros de poesía, por favor, ¡que no haya correctores!





Veo -tengo memoria hasta de
antes- los dedos casi negros que
empujaban mi cuna, y eran los de
Nina, mi niñera. Ella era oscura,
grande, joven y, cuando yo lloraba
demasiado, me levantaba y me
mecía en sus brazos redondos
cantando unas canciones
portuguesas, pero también
recuerdo, o esto tal vez fue un
poco más tarde, que me tocaba
todo el cuerpo, me besaba la
espalda y el vientre y, abriéndolas
muy suavemente, las piernas, como
cuando partía en dos las mariposas
amarillas en la plaza Belgrano y me
ponía un ala en la boca y ella
masticaba la otra dulcemente.
Cierto que esto fue más tarde, unos
años más tarde, pero no más de
cinco.






