antes- los dedos casi negros que
empujaban mi cuna, y eran los de
Nina, mi niñera. Ella era oscura,
grande, joven y, cuando yo lloraba
demasiado, me levantaba y me
mecía en sus brazos redondos
cantando unas canciones
portuguesas, pero también
recuerdo, o esto tal vez fue un
poco más tarde, que me tocaba
todo el cuerpo, me besaba la
espalda y el vientre y, abriéndolas
muy suavemente, las piernas, como
cuando partía en dos las mariposas
amarillas en la plaza Belgrano y me
ponía un ala en la boca y ella
masticaba la otra dulcemente.
Cierto que esto fue más tarde, unos
años más tarde, pero no más de
cinco.







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